martes, 22 de octubre de 2013

Viaje de trabajo

Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba el interior del avión. Se acomodó en su asiento de primera clase y, en cuanto pasó a su lado la azafata, pidió el primer gin tonic de la mañana.
Nada más aterrizar se dirigió al punto convenido. Miró la fotografía y le reconoció enseguida. Le siguió hasta el aparcamiento y cuando se hubo asegurado de que nadie podía oírlo le apuntó con su calibre 38 y disparó. Le dejó ahí tirando y salió corriendo de allí. Tenía que estar de vuelta en casa lo antes posible. No podía perderse otro cumpleaños de Max. 


sábado, 5 de octubre de 2013

Los sueños de la mujer prohibida

Habían pasado casi dos años desde que la publicación de Los sueños de la mujer prohibida se hubiera convertido en un éxito de ventas y de crítica. Un fenómeno literario sin parangón. No sólo los millones de ejemplares vendidos y los cientos de traducciones al extranjero avalaban su trayectoria, si no que la crítica, generalmente implacable en cuanto a best seller se refiere, se había rendido en su inmensa mayoría a los encantos de la novela de Marcelo Quiñones. Traducciones a más de diez idiomas hicieron que  incluso el influyente New York Times la calificara como una de las novedades más interesantes del mundo editorial.


La fama y el dinero le habían permitido vivir de las rentas durante aquellos dos maravillosos años y no precisamente de forma contenida. ¿Por qué iba a contenerme? -pensaba- había parido una gran novela y había ganado mucho dinero. De hecho, las cantidades de dinero que manejaba eran suficientes para vivir más que dignamente el resto de su vida. Incluso se hablaba de una posible adaptación al cine de Los sueños de la mujer prohibida. Una idea que no dejaba de rondarle la cabeza. Los tipos del estudio le agasajaban constantemente para conseguir hacerse con los derechos para adaptar la novela y el envío de botellas de Châteaux de no sé qué, Dom Perignon y cosas similares eran la tónica dominante. No entendía mucho ni de vinos, ni de licores, ni siquiera de francés pero no era difícil adivinar el valor que podían alcanzar algunos de esos regalos. Él se dejaba querer, aunque en ocasiones dudaba de aquel trato. Por eso se estaba demorando en su respuesta. Por un lado, la tentación de los regalos, la dulce sensación de la atención recibida y las posibilidades económicas se abrían ante él como un oasis de seguridad. Por otro lado, las dudas. Como siempre, las malditas dudas.

Pero estas parecieron despejarse definitivamente al ver el interminable número que los tipos del estudio habían escrito en un papel blanco. Un importante empujón para su cuenta corriente, si. Pero, sobre todo, una suerte de bálsamo para su recientemente redescubierto ego. 

martes, 15 de mayo de 2012

Era una noche apacible

Era una noche apacible. Las estrellas podían distinguirse con claridad en el cielo, aunque ráfagas de viento gélido enrarecían el ambiente. La usual actividad del pequeño lugar se había apagado. El pueblo permanecía en completo silencio, las casas estaban cerradas a cal y canto y una especie de sensación de recogimiento recorría sus oscuras y desiertas calles. La noche lo cubría todo. 

Sólo un hombre rompía aquella extraña quietud. Caminaba despacio. Parecía estar contando sus pasos, pasos que aparentemente no le llevaban a ningún lugar concreto. Trataba de no hacer ruido, pero no podía evitar el sonido que emitía la enorme y pesada bolsa que arrastraba, ni el de su nerviosa respiración. De vez en cuando se paraba para descansar y de paso comprobaba que nadie le seguía. Las manos nunca le habían temblado de aquella manera, de hecho, ni siquiera fue capaz de encenderse el único cigarrillo que encontró en el bolsillo interior de su chaqueta.

Aún no podía creer lo que estaba haciendo. Sus movimientos eran mecánicos, pero la sensación de angustia que tenía en el pecho era real y, en más de una ocasión, tuvo que soltar la enorme pala que utilizaba y dejar de cavar para recuperar el aliento. La sola idea de respirar se le antojaba difícil. 

Apenas era capaz de tocarla o de mirarla siquiera. Depositó cuidadosamente la grande y pesada bolsa dentro del agujero y rápidamente empezó a echar tierra sobre ella. A los pocos segundos pareció darse cuenta de que había olvidado de algo fundamental. Soltó la pala y metió la mano dentro del bolsillo de atrás de su viejo pantalón. Sacó un diminuto lápiz y un trozo de papel amarillento. Con una pobre caligrafía escribió: 

Te quise. Te quiero.

Entre silenciosas lágrimas dejó el papel dentro del agujero y terminó de taparlo con la arena que quedaba. Cuando terminó, se sentó durante un momento y esta vez sí que fue capaz de encenderse el cigarrillo. Permaneció un buen rato allí sentado mirando al vacío, sin pensar en nada o tal vez pensando tantas cosas que resultaba imposible digerir tantos recuerdos. Se limpió con la manga la mezcla de sudor y lágrimas que le empapaba la cara. Dirigió un último vistazo al lugar que había elegido, asegurándose de que era el adecuado, y se alejó despacio, sabiendo que acababa de enterrar una parte de su alma.